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La fuerza de la solidaridad

La experiencia que elegí es el último acompañamiento que realicé en el mes de setiembre de este año a una joven que tenía un embarazo de 8 semanas y que concurrió a la entrevista con su madre y su tía, todas de Cuba, con menos de cuatro meses residiendo en nuestro país en condiciones bastante precarias.

Dentro de la red yo integro un grupo más pequeño que se encarga de acompañar a quienes quedan fuera de la ley IVE. Explícitamente esta norma excluye de los servicios legales a las migrantes que tengan menos de un año de residencia bajo el argumento legislativo de que así se evita el “turismo abortivo” cuando, en los hechos, lo que genera es una exposición a condiciones de riesgo a quienes están en situación de mayor vulneración de sus derechos.

En el mercado clandestino, que lucra con esta situación, una dosis de cuatro pastillas de misoprostol puede costar más de 500 dólares que es, aproximadamente, lo que cuesta al mes alojarse en una habitación de una modesta pensión.

Por lo tanto, muchas que se conectan con nuestra red están desesperadas porque no tienen ese dinero y tienen miedo porque deben transitar por lugares tenebrosos con la sensación de correr riesgo de salud o de caer presas.

En esta situación ni la joven embarazada ni sus familiares tenían conflicto con la decisión de abortar. Para ellas era una necesidad reproductiva que en Cuba podrían resolver sin problemas dado que forma parte de la atención de salud. Tanto la madre como la tía habían tenido abortos en su país sin padecer la angustia del riesgo y, menos aún, la posibilidad de ser apresadas por hacerlo. Por eso estaban todas preocupadas, pero no conflictuadas por motivos religiosos o culturales vinculados al aborto.

Llegaron a la entrevista aterradas, estaban pálidas y muy calladas. Nos llevó un buen tiempo tranquilizarlas asegurándoles que todo iba a estar bien y que tuvieran confianza. Después de una hora había cambiado y pudieron hablar sobre sus proyectos y los sueños por los que habían migrado. Se fueron muy tranquilas y contentas de haber conectado con nosotras. Acceder a medicación segura, resolverlo sin problemas, sin costo económico y con seguridad para la joven que pasaba por su primera experiencia, como finalmente sucedió. Les cambió la vida como ellas mismas lo expresaron.

Sentí lo que he sentido tantas veces en los años de militancia feminista por el aborto legal y seguro. Reviví la indignación por la mezquindad de aquellos que imponen condiciones miserables por las que nunca tendrán que transitar y la rabia por la injusticia que representan esas condiciones en quienes ya tienen la vida complicada. Pero también volví a sentir la fuerza de la solidaridad entre mujeres. Esa maravillosa sensación de estar junto a quien lo necesita cuando lo necesita contribuyendo a poner en práctica una decisión sin que eso represente una condena.

La magia feminista que ponemos en acto en cada acompañamiento.