Siempre he querido escribir sobre lo que el activismo en aborto ha significado para mí. Me alegra que exista esta investigación porque es la perfecta oportunidad para encontrar un tiempo y animarme a hacerlo, encontrarme en mis propias palabras. Encontrarme en mí. Desde ya saludo a quienes me leeran a lo largo de estas semanas, con un poco de vergüenza pero también de emoción de compartir lo que tanto tiempo he guardado, con cariño, dentro de mí. Perdón por el exceso de confianza, pero estoy muy contenta de, aunque no por cuenta propia, estar por fin encontrando el espacio para narrar lo que por años he venido pensando, fraguando, imaginando, y que a medida que pasa el tiempo cada vez tengo menos oportunidad de hacerlo.
Leer y escribir en la infancia y adolescencia fue una actividad que me definía, lo que más disfrutaba y lo que más hacía. Y seré sincera, una de las razones por las que cada vez escribo y leo menos es porque la vida está cada día más dura y compleja, y precisamente por mi labor activista que no deja mucho margen para otras actividades. Yo entré a la Red hace seis años, cuando todavía vivía con mamá y papá, estaba en último año de Universidad y tenía tiempo libre y no tenía que encargarme de mi propia economía. Ahora que soy independiente y con la situación del país cada día empeorando más, muchos días, con tanto cansancio acumulado y preocupaciones de todo tipo, sí me pregunto porque sigo acompañando abortos y milito en una Red feminista, que ocupa todo el tiempo libre que me queda después de tener que solventarme la vida y responder a todo tipo de responsabilidades.
Y me he hecho la misma pregunta que ustedes me plantean ahora. ¿Quémotivamiactivismo comoacompañantedeabortos?Y casi siempre vuelvo a mi propio proceso de aborto, que se ha resignificado tanto a a través de todos y cada uno de los abortos que he acompañado. Que hoy por curiosa me pregunté cuántos serán, y si bien sería imposible saber la cifra exacta me quedé impresionada al calcular que desde enero del 2019, el mes que entré a Las Comadres y mi vida cambió por completo, quizás haya acompañado al rededor de 500 personas.
Yo aborté el 20 de marzo del 2012, el día de mi cumpleaños número 18, después de intentar tres veces con diferentes dosis de misoprostol. Las dos primeras veces no funcionó porque hice el procedimiento con protocolos erróneos. Cuando después de tanta angustia, miedo y desesperación, de cuclillas, en la ducha de un hostal, vi por fin salir de mí a un feto de quizás 14 semanas, sentí tanto alivio y felicidad que han pasado 12 años pero la sensación no se borra de mi cabeza. Recuerdo haber salido del baño, decirle a mi pareja, “ya está”, que él se encargue de ahí en adelante y yo irme a recostar en la cama un rato antes de ir al hospital, porque en ese entonces, con la poquísima información que tenía, creía que tenía que ir al hospital.
Cuando acompaño y me cuentan que “ya está” que ya salió, que están felices, que están tranquilas, porque lo vieron salir, porque funcionó, recuerdo tan vivamente esa misma sensación, esa complicidad de haberlo logrado en un contexto restrictivo, con todo en contra, y me encanta poder compartir esa alegría con una desconocida. Desconocida con la que por un par de semanas o de meses compartimos datos profundamente íntimos, emociones a veces desbordantes, a veces calmadas. Compartimos no solo el hecho de ser cuerpos con capacidad de gestar, sino también de ser sujetas con autonomía de decidir sobre nuestras vidas aunque nos quieran convencer lo contrario.
Tal como a los cuerpos con capacidad de gestar nos quieren convencer de ser madres a toda costa, a las personas adultas nos quieren convencer de que la única actividad digna es aquella que te enriquece, trabajar y producir. Mentalidad donde el activismo no tiene cabida, y donde muchas veces las activistas nos encontramos profundamente conflictuadas al ver como el tiempo no nos alcanza, como la vida nos rebasa, como en lugar de estudiar más, trabajar más, viajar más, gastar más, dedicamos nuestros días a un trabajo no reconocido, que muchas veces lo vivimos en secretro de nuestras familias y amistades, que ni siquiera hay como poner en el CV. Sin embargo cuando lees o escuchas el “ya está”, y sabes que una persona más logró abortar, que está aliviada, que tiene de nuevo la oportunidad de continuar con su vida en sus términos, al menos reproductivos, que está un pasito más cerca de la justicia reproductiva, cobra sentido todo el trabajo que le ponemos a asegurar esos abortos. Tendría tanto sentido si fuera solo una, el sentido es mucho mayor cuando sabes que el año pasado Las Comadres acompañamos a 5 mil y que quizás este año acompañemos a 7 mil.
Cuando acompaño adolescentes la emoción es particularmente especial. Ahora, con 30 años, me río de mi misma cuando me llega una acompañada de 17, 16, 18 y lo primero que pienso es “está chiquita”, porque yo no me sentía chiquita cuando aborté y gestioné un montón de cosas que el día de hoy me sorprenden. Y si de algo de mi vida me siento particularmente orgullosa es de quien fui a los 17, porque supe mover todos los recursos que tenía en ese entonces para conseguir el aborto más digno del que fue capaz. Con una agilidad, determinación, seguridad y sabiduría que quisiera haber tenido en otros momentos de mi vida, que inclusive el día de hoy me pregunto como encontrarla.
Entonces cuando acompaño adolescentes si bien, cada día que pasa y que me hago más vieja, sí pienso “está chiquita” también recuerdo el momento, quizás trascendental de su vida, que está atravesando esa adolescente y lo potente que esto puede significar para su desarrollo, y acompaño desde ese recuerdo vivido, y desde esa potencia de querer que su aborto también sea liberador, que sea un recuerdo de poder, de saber que quieres para tu vida y de conseguirlo. Me conmueve mucho acompañar adolescentes por mi propia experiencia, y aunque suelen ser los acompañamientos más difíciles en cuanto a tiempos, emociones, situaciones personales, no dejan de removerme profundamente y de ser los acompañamientos a los que más cariño tengo.
No me he vuelto a embarazar, y desde que entré a la Red siempre ha dado vueltas en mí la idea de lo fácil que sería para mí abortar ahora comparado con lo que fue hace tantos años, y que en el caso de embarazarme esa sería la decisión porque en mí jamás se ha albergado el deseo de maternar. Hace un par de meses, acompañé en su aborto a una comadre, que, como yo, hoy tiene 30 años, y, como yo, tuvo un embarazo a los 17. Solo que en ese entonces ella no pudo decidir, y el día de hoy tiene une hije de 12 años. Ella me contaba como este aborto que estaba viviendo a sus 30, para ella era reparador, poque sentía que decidiendo ahora se reparaba un poco de esa injusticia que la sociedad comete con tantas al obligarnos a maternar. Y en mí se confirmó esta idea de que el aborto para muchas de nosotras es una actividad reparadora. Yo venía sintiendo desde hace mucho que en cada aborto que acompañaba se reparaba en mí un poco de las tantas violencias que viví de adolescente al gestionar mi propio aborto. Acompañando abortos además siento que se reparan otras violencias que nos cruzan a los cuerpos feminizados, racializados, a todo lo que se sale de la heteronorma. Porque nos vamos contra el sistema haciendo lo que en un inicio parece imposible y nos damos cuenta del poder que tenemos. Jaqueamos al cis-tema.
Hoy por hoy siento que lo que me motiva a acompañar abortos es precisamente ello, reparar de alguna manera las violencias que he vivido, y las que viven a quienes acompaño. También el hecho de pensar que si para mí resultaría tan fácil abortar hoy, así tendría que ser para cualquier persona con un embarazo no deseado, este privilegio mío no puede ser un privilegio, tiene que ser el estándar para todas.
Me motiva pensar que algún día el aborto será libre y que tendremos otras narrativas alrededor de él. A veces me pierdo imaginando que podría sentir cuando ya no sea delito, cuando las acompañadas no lleguen con tantos mitos, con tantos miedos.
Me motiva ver como derrumbamos el patriarcado un aborto a la vez.