Desde que comencé a ser acompañante, mi vida tuvo profundas transformaciones que van más allá del simple acto de estar presente para alguien. Descubrí un mundo en que la empatía y la libertad de elección se entrelazan de manera casi surreal. Cada interacción me permitió reconfortar al otro con las experiencias que acumulé a lo largo de la vida, ofreciendo un lugar acogedor y cuidadoso, libre de juicios. Percibo que como mujeres somos muchas veces blanco de imposiciones, de estándares que definen cómo debemos comportarnos, vestirnos o hablar. Esa vivencia me hizo reflexionar sobre la importancia de vernos más allá de los paradigmas y prejuicios que cercan nuestra realidad.
Acompañar me brindó una claridad sobre la fuerza y la diversidad de las historias que nos rodean. Mujeres de todos los orígenes, negras, blancas o indígenas, comparten un fardo común: la lucha por la autonomía sobre sus elecciones. Muchas no se sienten preparadas para la maternidad, otras lidian con traumas o se ven en situaciones inesperadas. Son narrativas que merecen espacio y respeto, pero que frecuentemente son silenciadas en una sociedad que insiste en hablar por nosotras. Esa práctica de escucha activa me hizo percibir que cada vida es una multiplicidad de historias que, hasta entonces, estaban escondidas bajo capas de vergüenza y miedo.
En este contexto, ser acompañante también se tornó un divisor de aguas en mi vida. El anonimato, que muchas veces acompaña esta función, ofrece una oportunidad valiosa para ayudar mujeres que se encuentran en situaciones desesperantes. Al acoger esas experiencias y ofrecer apoyo, siento que estoy contribuyendo a la construcción de un espacio seguro en que se puede discutir y reflexionar sobre la autonomía del cuerpo femenino. Esa libertad de elección es un derecho primario que, por mucho tiempo, nos fue negado; y tener conversaciones sobre eso ha sido un acto de resistencia y empoderamiento.
Finalmente, mientras continúo desempeñando ese papel, mantengo la esperanza de que estaremos cada vez más cerca de un mundo en que podamos caminar libremente, asumiendo nuestras decisiones con dignidad y coraje. Creo que los cambios que sufrí no son solo míos, sino que reflejan un deseo colectivo de transformación. Estamos con otras mujeres, luchando para que nuestro derecho de decidir sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas sea respetado, creando un futuro en que todas tienen voz y pueden compartir sus historias sin miedo a retaliaciones. Lo que vivencio como acompañante es la reafirmación de que cada una de nosotras merece ser escuchada y ser libre para elegir su propio camino.

Mi arte representa empatía, acogida y respeto por la autonomía de las mujeres. Es un acto de resistencia frente a prejuicios y paradigmas, al darle voz a aquellas que, por mucho tiempo, fueron silenciadas. Relaciono mi arte con la pregunta porque, así como el acto de acompañar, expresa la lucha por la libertad de elección y el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, permitiéndonos vivir nuestras historias sin enjuiciamientos.