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Todo cambió

Todo cambió en mi vida desde que me volví acompañante. En el arte que desarrollé intenté demostrar algunas de esas transformaciones, que describo a continuación en el orden que aparecen en la imagen:

Confianza: La confianza se tornó un valor fundamental en mis relaciones, tanto con compañeros del activismo como con personas ajenas a él, como amistades y relaciones afectivo-sexuales.

La elección de nuevas relaciones se hizo más cuidadosa y empecé a considerar la construcción de lazos de confianza que me permitan compartir sobre mi activismo.

Invisibilidad: Antes de ser acompañante yo era activista en otros movimientos sociales que eran públicos y que acabé abandonando cuando el acompañamiento y las construcciones colectivas que trajo se volvieron centrales en mi vida.

Por ser este un activismo que no puede ser público en el contexto brasileño, empecé a sentirme una activista invisible, cuyas conquistas, alegrías y sufrimientos no podían ser compartidos libremente. Por eso, también empecé a sentir como si no tuviera valor frente a las personas que no sabían de mi activismo y que estaban involucradas en luchas sociales que podían ser públicas.

Inadecuación: Me empecé a sentir constantemente inadecuada y diferente de las demás personas, siempre oscilando entre sentir eso de manera positiva y negativa. Sentir de forma más positiva siempre fue posible cuando estaba cercada por compañeres de la colectiva o la red.

Secreto: Mi existencia en el mundo empezó a estar atravesada por muchos secretos, y muchas veces por mentiras inevitables, principalmente en el ámbito familiar, llevándome a vivir un tipo de doble vida y en constante vigilancia en relación con mis acciones.

Miedo: Empecé a convivir con miedos que no existían en mi vida antes y que nunca pensé que fueran a existir, como miedos relacionados con la criminalización, los cuidados de seguridad dentro del activismo, con poner en riesgo la salud de acompañadas en situaciones de 2T y 3T, por ejemplo, etc. Esos miedos empezaron a aparecer frecuentemente en mis sueños.

Sobrecarga: Acompañar a las personas que llegan a nosotras es ya un gran trabajo y responsabilidad. Sumándole a eso la permanente construcción de una colectiva local y una red nacional, el trabajo y la responsabilidad aumentan mucho.

A lo largo de casi 8 años acompañando y construyendo esas instancias colectivas, me sentí innumerables veces sobrecargada con demandas y urgencias interminables, que se sumaron a una vida que estaba comprometida con el trabajo, el estudio, los cuidados familiares, entre otras cosas. Muchas veces sentí que esa sobrecarga era injusta, ya que nos proponemos hacer lo posible en la realidad en que vivimos, y lo posible no es, muchas veces, lo ideal o suficiente.

Compañerismo: Conocí un compañerismo y una solidaridad entre mujeres que nunca había vivido antes. A pesar de las diferencias y de los problemas que enfrentamos en la colectividad, eso me hizo creer en otro mundo posible.

Disponibilidad: Desde que comencé a acompañar empecé a vivir en un modo de urgencia, del que pocas veces me fue posible tomar distancia. La necesidad de estar siempre disponible para acompañadas y compañeres cambió mucho mi vida.

Equilibrio: Debido a esa urgencia mencionada en el ítem anterior, a lo largo del tiempo fue fundamental encontrar un equilibrio entre el activismo y las demás esferas de la vida para que fuera posible permanecer en ese lugar de manera saludable y sostenible a largo plazo. Muchas veces sentí que necesité buscar estrategias para no enfermarme física y psicológicamente.