Heráclito dice que “nadie puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.” Al decidir ser acompañante tenemos contacto con múltiples y diferentes vivencias que nos ponen cara a cara con la diversidad de la vida, desde las experiencias más complejas, con innumerables violencias, violaciones de derechos y negligencia del Estado, hasta las más cómodas y burguesas. Eso impacta mi visión de mundo y, al hacerlo, lo que soy.
Es enfrentarme a mis certezas, mi angustia, mis valores morales, al modo en que entiendo mi cuerpo y en que pienso construir la militancia para la legalización y descriminalización del aborto.
Es poder ver hacia el pasado, el presente y el futuro con una mirada amplia y atenta.
Además, ser acompañante en un país en que los derechos de quienes pueden gestar son negados y en que nuestra práctica es perseguida y criminalizada, también tiene impactos en la identidad.
Entonces, también es saber hacer silencio y estar atenta en los espacios para evitar la cacería de brujas sobre mis compañeras y sobre mí.
Es construir acogida y afecto pensando en la seguridad, el compañerismo militante y la responsabilidad por mí y por las demás personas.
Ser acompañante me trajo otras certezas, fluidez, atención a los detalles, escucha atenta y acogida a lo que siento y para aquellas personas con quienes me cruzo.
