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Poner la mesa para las amigas

La fotografía la tomé en un encuentro con mis amigas. Me dediqué a cocinar, a consentirlas, a escucharlas. Me di que cuenta que a través de los años he aprendido a hablar menos de mí misma, a dejar de ser el centro, a hacerme a un lado para escuchar, para felicitar, para apoyar, para abrazar, para contener a mis imperfectas amigas. Quizá ahora tengo una noción más sana de la amistad, más recíproca y menos demandante.

Desde que soy acompañante ha cambiado la forma en la que miro y me relaciono con otras mujeres. Generalmente aunque estaba a favor del aborto miraba a las mujeres que experimentaban un embarazo no planificado ni deseado como poco cuidadosas consigo mismas, con su cuerpo, con sus planes de vida. Siempre desde una postura por encima de ellas, aleccionadora. Sin embargo con el transcurrir de los años, con el tránsito por mis propias vivencias y al acompañar las experiencias de mis amigas, no solo en una interrupción sino también en el amor, en la vida, en el trabajo, me di cuenta que no soy la misma, que muchos de mis juicios correspondían a altos niveles de misoginia.

Ha sido duro porque no es de buena feminista develarse misógina, sin embargo me hice responsable de mi ser, me permití cuestionarme duramente y cambiar de piel como la serpiente.

Hoy me permito escuchar, mimar, cocinar, atender, dedicar tiempo a quienes me importan y a quienes me quieren y quiero. Entiendo que los procesos llevan tiempo, que los afectos no surgen automáticos, que las visiones de vida no son siempre iguales, ni siquiera en una misma, y que sí, sostener a quienes nos importan también lleva su dedicación y esfuerzo.

Antes llegaba a la mesa puesta, ahora pongo la mesa para simplemente ser y estar.