Saltar al contenido

Mi acompañada vive en el nordeste brasileño, desciende de los pueblos Tremembé

Seleccionar una experiencia para responder la pregunta de esta semana –sobre una experiencia significativa que haya vivido como una persona acompañante– fue muy difícil porque son innumerables las experiencias significativas en el ejercicio de acompañar.

Sin embargo, mientras intentaba seleccionar una para responder, fui recordando, percibiendo que había una que había tomado mi cuerpo, mis pensamientos, mis fuerzas…

Esa experiencia fue significativa, y aún lo es, por la fuerza de las enseñanzas que me dio, sobre el territorio que estoy habitando y conociendo poco a poco, sobre el piso que voy pisando despacito, como dice aquella samba.

En este transitar del interior, rural, del nordeste brasileño, la conozco. Ella es descendiente de los pueblos Tremembé, un pueblo indígena que habita el litoral de Ceará, el Estado que tiene la mayor concentración de indígenas -el 42,2 % de la población-.

Nuestra acompañada vive cerca de la aldea, pero no se reconoce aldeana. Su marido, pescador, había salido a pescar cardúmenes de atún cerca de la costa de África. Ella apenas dijo que estaba feliz con sus hijos y que su marido no podía saber del nuevo embarazo. Las sutilezas empezaron a aparecer con su dificultad para acceder a internet. Tras descargar la aplicación cada paso suponía una gran dificultad.

Yo, como acompañante, no sabía que ella no sabía leer ni escribir. Después de situarme como acompañante, muy incómoda por, tal vez, haberla puesto en una situación incómoda al pedirle tantas “burocracias” (blancas y coloniales) para acceder a un aborto seguro, voy percibiendo que en el territorio que habito hoy hay muchas personas para las que leer y escribir no es una práctica habitual o cotidiana.

En el centro de la ciudad donde vivo, crearon un marco en el año 2004, una estructura llamada “Farol del Saber” para celebrar el “fin del analfabetismo” en Itarema. Al preguntarle a la población, nadie supo decirme de qué se trataba la estructura, lo supe por la placa oxidada y fijada en la estructura abandonada. En el estado nordestino, el año en que se creó el “Farol del Saber” había más de un millón de analfabetos mayores de 15 años, de acuerdo con el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). Hoy, colgando los pañuelos verdes en la estructura del “Farol del saber”, me pregunto: ¿qué estrategias hemos creado como activistas y militantes para acompañar procesos relacionados al “saber”, no aquel academicista, occidental, blanco y colonial? ¿Cómo acompañamos personas afectadas por el analfabetismo? ¿Cuál es nuestra disponibilidad para ver y atender las particularidades de estos territorios?