Acompañar es un acto de amor, es poner el cuerpo para ver a otras mujeres renacer junto a sus proyectos de vida. Alumbrar a una mujer nueva que se elige, rescatarnos de un destino supuestamente natural, de una condena, la de ser mujer.
Siento que acompañar es también contarnos que nada de eso es cierto, que nos engañaron, que nos robaron lo que produce nuestro cuerpo para fines del capital, para fines de la moral y de las costumbres de toda época.
Acompañar y hablar de aborto es devolvernos por propias manos nuestro derecho sobre lo que produce y hacemos con nuestros cuerpos, es contarnos que hay salida, es darnos la noticia de que podemos ser libres, disfrutar, gozar, sin consecuencias ni culpas. Nada de eso nos pertenece, todo eso fue depositado sobre nosotras como castigo por ejercer autonomía.
Cuando estamos solas, y no lo nombramos, nos captura ese orden nada natural, un orden construido nada inocente que nos prefiere maquinaria reproductora de otros cuerpos. Que no queramos, que no deseemos, que no digamos.
Acompañar es tener la lengua libre, la lengua bruja, tener en la memoria y en la voz una receta para salvarnos de ese destino.
