Muchas cosas cambiaron en mi vida desde que acompañé un aborto por primera vez: desde la percepción sobre la autonomía hasta la potencia de los vínculos en su dimensión más íntima, la constitución del tejido social a partir de algo común.
Ser acompañante de personas en sus trayectorias de aborto -por tanto, trayectorias de vida- es una tremenda entropía. No es una utopía. Entropía, explicada simplemente como la libertad interna de un sistema para disponer toda la energía para encontrar nuevas posibilidades de formas, de organización. Cuando abortamos -cosa que no hacemos solxs- afirmamos y reafirmamos nuestros proyectos y posibilidades de vida con nuestros cuerpos. Significa que no estamos poniendo a disposición del patriarcado nuestros cuerpos y nuestras existencias, desde la raíz de nuestros úteros.
Sin embargo, lo que cambió sensiblemente fue la manera en que empecé a relacionarme con las personas y situaciones más desafiantes: ante el desespero, ser calma, camino, lo opuesto que permite el pasaje, sin enjuiciamientos, para dar lugar al encuentro, a lo posible, a lo inédito. Ante la prohibición ser palabra y, ante toda la cacofonía, ser un punto de silencio en la mirada.

Foto autoral, afiche de una calle en Cali, Colombia, 2023