Estuve pensando en esas preguntas durante días. ¿Cómo aquello que se “debe negar” tiene el poder, justamente, de ocupar tal lugar? Me constituyo de mis acciones, convicciones, posiciones. Y sí, todo eso puede cambiar, la identidad nunca es una dimensión estática, sino dinámica. Sin embargo, es también algo que se estabiliza, que carga algo de innegociable, que perdura.
Esa identidad -la de acompañante de abortos, o acompañante de personas en sus itinerarios aborteros- tampoco es individual. Acompañar tiene un impacto tan fuerte en mi vida que, sí, a pesar de la clandestinidad y la criminalización, me constituye como sujetx políticx en mi entorno, me condujo a comunidades de prácticas de cuidado y a algunas personas con quienes deseo envejecer. Acompañar ocupa el espacio de la intimidad, tanto como el espacio de la calle. Es más: se hace en el tejido de los días.
Ese “saber-hacer”, más que una identidad, ocupa el lugar de oficio en mi vida, oficio aprendido y desarrollado con la ciencia y la urgencia del cuerpo y el deseo. Y en esa encrucijada, entre la aceptación y la negación, ¿qué pasa si un oficio no constituye también la identidad de un sujeto? ¿qué significaría para un agricultor que su derecho a la tierra le fuera negado para producir alimento para su comunidad?
Acompaño abortos y personas que abortan, no estoy pidiendo la autorización del Estado para serlo o hacerlo. Cargo ese saber en mi cuerpo, que se expande y toca otros cuerpos, con todo el conocimiento y tecnologías que pudieron ser cargados hasta aquí.
Tal vez esa identidad se constituya del sentido de las palabras que encontré, un día, en la calle, y no por acaso:
Amigx: la lucha, la calle, la vida es nuestra ahora. Experimente una vida paralela al sistema capitalista. Generé autonomía en todos sus movimientos.
