Saltar al contenido

El origen del comadreo

Cuando pienso en acompañamientos significativos, siempre vuelvo al primer acompañamiento, porque por ser el primero no solo me inició en el mundo del comadreo sino que me dejó una valiosa lección, que me serviría para todos los futuros acompañamientos. Había quedado con mi “madrina” (es decir una comadre que iba más tiempo en la Red y que me enseñaría todo sobre el uso de medicamentos, seguridad y acompañamiento) en encontrarnos en una plaza de nuestra ciudad. La plaza central. Ahí hay una glorieta, una de esas palabras que se dice diferente en todos los países latinoamericanos, puede ser conocida también como templete, pabellón, quiosco, cenador. Es decir una construcción con columnas, cubierta por una cúpula, sin paredes. En mi ciudad, es icónica la Glorieta de esta plaza y es un lugar que funciona como punto de encuentro siempre. Ahí habíamos citado a la acompañada y yo estaba muy nerviosa por ser mi primera vez. Esto era antes del COVID, antes de la crisis de seguridad que asola ahora a mí país.

La acompañada llegó en un Vitara de 3 puertas, creo que rojo, de los inicios de los 90 y nos pidió que nos subamos al carro porque no podía bajarse, le controlaban mucho y tenía miedo que alguna familiar le vea en la plaza ya que frecuentaban mucho ese lugar. Con Claudia (nombre ficticio de mi madrina) nos vimos a los ojos por bastante tiempo buscando la una en la otra la respuesta, porque claramente ese era un riesgo y se iba en contra de los múltiples y extensos protocolos de seguridad que estaba aprendiendo en la red. Volvimos a ver a la acompañada, se veía exhausta, tenía ojeras y cara de preocupación, y en su voz sentíamos que su angustia era verdadera, veía a todos los lados permanentemente. Sin conversar entre Claudia y yo simplemente aceptamos, nos subimos al Vitara y nos estacionamos a unas 10 cuadras de la Plaza, ahí dimos la información. La acompañada asentía permanentemente y hacía un par de preguntas de cuando en cuando, así supimos también que tenía ya una hija grande, que tenía nuestra misma edad, 25 años en ese entonces, que el carro era de ella, que su pareja no sabía, ni podía saber, que nadie sabía, solo nosotras. Entre media hora y una hora después terminamos y ella se ofreció a irnos a dejar de nuevo en la misma plaza, aceptamos, y cuando estuvimos de nuevo solo Claudia y yo, nos reímos mucho de haber roto el protocolo de seguridad, de que todo haya salido bien, de haber cumplido con la primera vez que di información y también porque la acompañada nos cayó muy bien a pesar del miedo inicial que nos produjo la invitación a subirnos en su carro y llevarnos a otro lugar.

Además de ser significativo este acompañamiento, por ser el primero, también me enseñó algo muy importante de la Red, las personas que necesitan abortar son quienes empujan nuestros límites siempre y moldean nuestros protocolos y acompañamientos. Nada existe en nuestra Red que no haya sido pensado porque en un acompañamiento se vió que era necesario, desde la salud hasta la seguridad. Es hermoso preguntar a las compañeras que han estado más años porque se hace tal cosa y sin duda recordarán el acompañamiento puntual que llevó a tomar esa decisión, es hermoso también estar ya algunos años en la Red y una misma ir recordando esos acompañamientos y momentos que han ido moldeando esta colectiva y nuestros protocolos, y así al dar el protocolo a cada acompañada sabemos que estamos traspasando también la sabiduría que, junto con todas nuestras acompañadas, hemos podido construir. Así cada aborto se va entretejiendo y de alguna manera ninguna acompañada está abortando en solitario, porque todas sus historias están conectadas.

Me cuesta seleccionar otro acompañamiento porque sin duda son tantos, tan particulares cada uno, con historias chistosas, conmovedoras, extrañas, tristes, alegres. Sin duda el acompañamiento está atravesado por todo lo que puede ocurrir en una vida humana y leyendo esta pregunta a mi mente vienen las veces que he llegado a acompañamientos y me he encontrado con compañeros de la escuela o del colegio que ya no recordaba, y como he esperado a que ellas me indiquen, con sus gestos, con sus ojos, si quieren, si necesitan ese saludo de reconocimiento o si es mejor fingir que nunca nos hemos visto. Ha ocurrido ambas situaciones y ambas han estado bien, poner la acompañada al centro nos pone a trabajar la intuición, la percepción, la escucha activa de palabras, miradas, movimientos y recordar siempre que el proceso es de ellas y pueden estar necesitando cosas muy específicas, más allá de las que nosotras necesitemos o nos imaginemos. También viene a mi mente las veces que las acompañadas van con las mamás o con las hermanas mayores y es la mamá o la hermana quien toma todas las notas y hace todas las preguntas con nerviosismo, mientras que la persona embarazada está en el celular o pensando en cualquier cosa, con tanta tranquilidad de saberse cuidada y acompañada no solo de nosotras sino de alguien tan cercana, que si pudiera abortar por ella también lo hiciera. Lo que ha significado por un lado alegría de conocer procesos que se viven con tanto amor y cuidado pero también hacer el llamado a la acompañada de que no todo puede recaer en su acompañante y que ella también tiene que escuchar, entender el protocolo y resolver lo básico para su proceso de aborto.

O lo que me paso hace quizás dos meses, en un acompañamiento presencial, donde estábamos 8 personas, 5 personas que querían abortar, la amiga de una de ellas y dos comadres. Una chica había abortado ya dos veces con nosotras, esta era la tercera, y nos enteramos porque cuando otra acompañada, de 19 años, preguntó con mucho miedo si abortar influía en tu fertilidad. Esta otra acompañada preguntó si podía responder ella y le dijimos que sí un poco nerviosas pero también con curiosidad, la acompañada respondió que en base a su experiencia que el aborto no influía en la fertilidad, para nada, que ella seguía embarazándose y seguía abortando, que más bien se cuide si no quería otro embarazo de inmediato.

Complementamos esta información con más datos y a partir de ahí dimos el protocolo también con ella, porque se lo sabía súper bien, además, tranquilizó mucho al resto de acompañadas escuchar de estos procesos, algunos más dolorosos que otros, pero que siempre habían salido bien. Y al final le preguntamos si no le gustaría ser comadre y nos dijo que quizás sí, que lo había pensado pero que no sabía como se podía integrar a la colectiva, entonces tenemos guardado su número para la próxima vez que hagamos una escuela en mi ciudad por si se anima a participar.