Esta fotografía la tomé en la celebración de los dos años de la sentencia Causa Justa en Colombia. Representa una de mis motivaciones de ser acompañante, representa una celebración, pero también una lucha que se encuentra vigente. Representa aquellos pensamientos que nos conectan a muchas personas con experiencias de dolor y de resistencia similares.
Mi primer acercamiento al aborto fue la experiencia de mi hermana, quien tuvo su proceso desde la soledad, la clandestinidad y también el miedo. Recuerdo que ella me dijo que había sido un proceso demasiado doloroso y que le dejó secuelas físicas y emocionales muy fuertes; me decía que un aborto es de las peores experiencias que se puede tener, que no es algo fácil y que por eso yo debía ser juiciosa con las pastillas anticonceptivas para no pasar por lo mismo.
Desde que empecé a aprender de los abortos y de los acompañamientos lesbofeministas, me di cuenta de que ninguna debía pasar por eso, y que el dolor más grande no lo genera el sangrado ni la expulsión misma, sino sentirse juzgada por toda una sociedad, que nadie te informe sobre lo que puedes hacer para alivianar la carga y que, además, se expongan a la violencia que ejercen aquellos de bata blanca.
Por eso, me encuentro luchando para que ninguna más viva lo que mi hermana y muchas más personas con capacidad de abortar han vivido, y para que se resignifique el aborto como un acto de amor propio y amor entre mujeres.
