Creo que ser acompañante de abortos, o mejor, de personas que deciden abortar, impacta de diversas formas en mi identidad.
Una de ellas es el proceso continuo de aprendizajes y la deconstrucción de paradigmas sobre el aborto y la maternidad que vivo desde que comencé a acompañar y estudiar profundamente sobre estos temas. La comprensión crítica de lo que significa ser “mujer” en el mundo en que vivimos, la comprensión del peso de la reproducción social impuesta a la vida de las personas cuyos cuerpos son considerados femeninos, la desidealización de la medicina y del lugar de poder que ocupa en nuestra sociedad y el acompañamiento de tantas experiencias diversas de aborto a lo largo de los últimos 8 años, entre muchos otros aprendizajes relacionados con ese activismo –que no cabrían aquí– ayudaron a la formación de la identidad que tengo hoy.
A partir de mi autopercepción, puedo decir que acompañar intensificó mi sensibilidad para acoger y escuchar, mi capacidad de ejercer alteridad, mi aversión a las instituciones del Estado, la rabia y la revuelta movilizadoras de la acción colectiva directa en relación con las injusticias y desigualdades sociales, la insistencia en reconocer la fuerza de la solidaridad política feminista, entre otras cosas. En ese sentido, la pieza artística que desarrollé representa el sembrar, plantar, y entregar al mundo mi compromiso con el trabajo diario en busca de la construcción de un mundo más justo y equitativo en el ámbito del derecho al aborto libre y seguro, anclado en todos los elementos de mi identidad, en los aprendizajes que me constituyeron hasta ahora y en los principios que he elegido para mi vida.
