Saltar al contenido

De acompañada a acompañante

Antes de ser acompañante, fui acompañada. Un grupo de mujeres que luchan a diario por resistir y construir un mundo menos patriarcal me acompañaron. No podía creer que unas desconocidas se reunieran, hablaran y se la jugaran completamente por mí y porque yo logré decidir sobre mi cuerpo sin que el sistema siga haciéndolo.

Entonces me inspiró, si bien yo estaba estudiando psicología, aprendí el significado de acompañar a las personas, siendo acompañante. Entendí mejor que los discursos solos no llegan a cambiar casi nada, es en las acciones y en el poner el cuerpo que los cambios o resistencias pueden gestarse. Aprendí también, aunque no al mismo tiempo, que no debes poner cualquier cuerpo. No puede ser un cuerpo cansado, no puede ser un cuerpo violentado, ni sacrificado siempre. En medida de lo posible debe ser un cuerpo cuidado, acompañado por otros y en constante cuestionamiento.

El acompañamiento para mí debe tener límites, no debe ser romantizado y necesita tener ubicadas las claridades en el quehacer del mismo.

Hay muchos aprendizajes que he ido incorporando en mi día a día desde que acompaño, no todos los aprendizajes han sido beneficiosos pues el sistema permea incluso estos espacios y es por ello que he aprendido a cuestionarme, a cuestionar el feminismo y a cuestionar el quehacer de quienes acompañamos.

La imagen que ilustró Daniela para mí, la hizo después de que yo contara mi historia sobre mi aborto y mi activismo. Es por eso que cuando pienso en esta pregunta lo que se me viene a la mente es esa imagen, ese ojo que se abrió gracias a ser acompañante, ese corazón enfermo que fue acompañado por mujeres que no conocen a quienes acompañan pero que aún así se la juegan.

Esa mujer en la que me convierto día a día. Y estoy segura de que no sería la misma si no fuera acompañante y acompañada.