A mediados de abril de 2020 que el COVID ya estaba en Ayacucho, decidí mudar a mi mamacha a la chacra, la comunidad de San Pedro de Cachi que está a un par de horas de la ciudad de Huamanga. Esa vez solo dejaban entrar un camión con alimentos. Ahí con los costales de papa llegamos, entonces en la comunidad había una amiga de mi mamá, su comadre mejor dicho porque mi mamá es madrina de uno de los 6 hijos que ella tiene. “Ella” tenía 34 años en ese entonces. Esta amiga estuvo frecuentando la casa y me decía que tenía dolores de cabeza y de columna terribles, hasta que un día se armó de valor y me contó que estaba embarazada y que ya no podía sustentarse de ninguna forma y con más hijos peor. Estaba cansada y mal de salud.
Es entonces que con toda la información y experiencias de las amigas pudimos calcular la fecha con el método del calendario ya que no podíamos movilizarnos por la pandemia. Yo regresé a Ayacucho para comprar las pastillas y regresar a acudirla. Esa noche fue nueva, extraña, urgente no sé cómo describirlo realmente, estuvimos todos sus hijos, su esposo y yo en un mismo cuarto mientras ella abortaba.
Para mí es significativo el hecho de la gran diferencia que tenemos en posibilidades las mujeres campesinas que las mujeres de la ciudad, esta diferencia es repudiable, indignante, cero compasiva, y no es algo de lo que se pueda hablar porque ni hay registros de ello.
Es así de invisible el estado para nosotras y más en las zonas rurales que se encuentran en total estado de abandono. Cuando sentipienso en este episodio de mi vida, de sus vidas, estas decisiones, agradezco mi valentía un montón de haber podido sopesar la pandemia y entrar en la casa de ella, para abrazarle y decirle que puede hacerlo y que cualquier cosa yo estoy con ella.
Qué fortaleza más grande que tuvo ella de poder decírmelo, de convencer a su marido y decirle que ella está muy mal que realmente no puede más. Estar para reforzar sus decisiones, es pura magia que conspira a nuestro favor o una lucha individual y colectiva por llegar a todas. No lo sé pero aun ahora todavía me cuestiono cuantas mujeres campesinas tienen la suerte de encontrarse con una de nosotras y de esas campesinas cuantas tuvieron las fortaleza de decirlo y no aceptar su “destino”. Cuántas pudimos romper la tradición de tragedias, de miserias, de penurias, de lamentos, de sueños truncos,de violencia.¿Cuántas?