Demasiadas cosas cambiaron en mi vida desde que empecé a acompañar. Realmente estaba en un punto muy malo y no me daba cuenta. Había muchas cosas que me agobiaban, y acompañar fue una forma de dejar a un lado toda la bola de sobre pensamientos que tenía en mi cabeza y poner mi atención en otra persona que, en un momento puntual, necesitaba que le diera información y apoyo.
Mis primeros acompañamientos me ayudaron a salir, poco a poco, de una maraña de pensamientos negativos. También me ayudaron a sentir que tenía un lugar dentro del movimiento. No que no lo tuviera por el hecho de declararme feminista, ir a las marchas o solo por repensar el sistema -que también son formas válidas de ser parte-, pero para mí, que siempre me ha costado abstraer ideas, era importante y casi necesario hacer algo tangible para conectar. Y no solo conectar: también para encauzar mi rabia. Tenía mucha rabia contenida que en cualquier momento iba a explotar. Acompañar me ayudó a desviar toda esa energía. También me devolvió la confianza que había perdido: en las personas, en mí misma, en las redes de apoyo, en los vínculos, en las palabras de aliento…
Cambió todo: cambió el contexto, cambió la política, cambiaron las consignas, cambiaron las compas, cambió mi visión sobre el movimiento y sobre mí misma. Ahora tengo más claridad sobre mis posturas, más seguridad y más sentido de pertenencia.
Para mí representa ese proceso de cambio en mí, de cómo me fui reconstruyendo a través de estos años de acompañamiento, y cómo el acompañamiento me ayudó y acompaña en ese proceso. ¿Cómo se relaciona a la pregunta? Es un autorretrato así que es una representación gráfica de esos cambios. De cómo estos años en el movimiento, activando y acompañando (cosas que en mi historia van profundamente de la mano), me han devuelto poco a poco a una persona que, durante muchísimos años, me costó mucho ver: yo.
