De cierta manera se me hace difícil verme antes del acompañamiento.
Pertenecer a la colectiva fue un puntapié: ya no estaba sola, ya no andaba sola. Las experiencias vividas en la grupa, conocer otras mujeres que resisten desde siempre, la lucha constante y en diversos frentes permeada por solidaridad, paciencia y mirada tierna, cómo no me irían a cambiar. Las compañeras y sus dones, el sentido de justicia, la sensibilidad de todas, cómo no me irían a afectar profundamente. El acto de acompañar, híjole. Era solo estar ahí, ayudar sencilla y sensiblemente, el poder de un “¿Estás bien, necesitas algo?”. Muy simple en la práctica, era solo estar. A la par, en las profundidades, se cocinaba una revolución de afectos. Esos pequeños actos calaban hondísimo.
Aprendí de otras lo que era la autonomía, practicábamos juntas la autogestión. Me apropiaba de mi vida al facilitar lo mismo para otra mujer, casi siempre desconocida. Acompañar se volvió un camino de ida, un camino de vida. Un camino que caminamos juntas desde entonces. Me inspiré en mis compañeras y sus formas de vivir y sentir, tuve que aprender a dialogar y establecer límites, potencié mi resolutividad e inclusive me ví obligada a desarrollar habilidades creativas. De cierta manera se me hace difícil verme antes del acompañamiento, pero en el corazón me siento profundamente mudada. Es duro a veces, pero juntas nos curamos, nos restauramos y nos fortalecemos, mientras hacemos lo que podemos para vivir colectivamente un poco mejor.
Ore roho hese (en guaraní: vamos por él, vamos sobre él; puede significar luchamos también).
