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Historia de la escoba

El relato que escogí para esta semana es un recuerdo que siento siempre muy vivo. Nunca pude dejar de pensar en las miles de Valentinas, en las que como ella logran conseguir el aborto, logran ponerlo en perspectiva y tomar otras decisiones a partir de eso, pero también en las que allá siguen, que asumen maternidades forzosas, que desde niñas crían hijos de sus parejas que tienen el doble de sus años.

Nunca supe qué pasó con ella, me gusta imaginar que sí pudo cumplir con lo que estaba planeando cuando la conocí, aunque estoy consciente de que es muy complejo.

Pensé en todas esas niñas que nunca han tenido ni infancia, ni adolescencia, ni la posibilidad de preocuparse, por un tiempo de su vida, de cosas banales y superficiales, que nunca han tenido quien las priorizara, las cuidara, las acompañara en la exploración.

Las emociones pensando en Valentina están muy asociadas a la injusticia, la rabia, la tristeza, pero también a esa necesidad de que si bien acompañar no significa cambiarle la vida a nadie, quizás puede un poquito expandir el mundo, pensarse escenarios que ya se habían descartado, ver que a veces sí es posible que las decisiones, la voluntad, el deseo de una, puede llegar a materializarse.

El cuentico de la escoba.

Valentina llega un domingo por la noche. Con 18 semanas, logramos conseguirle el procedimiento en Profamilia, se quedará en mi casa un par de noches.

Voy a recogerla al terminal de bus y allá entiendo que vino de Ibagué con una moto. Está preocupada porque se trajo una maleta de su hermano y en el recorrido se quemó. Me toca comprarle otra, dice, o sino quién sabe qué pasa.

Vale tiene 17 años, convive con una pareja de 33 desde hace 4 años, me cuenta. Él no sabe que está en Bogotá, no sabe que va a abortar, no sabe que lo va a dejar.

Vale dejó de estudiar para dedicarse a él y criar a su hijo, que ahora tiene 11 años. En mi cabeza no caben esas cuentas, de una niña criando a un niño, pero intento controlar la expresión de mi cara.

Comemos algo juntas, me cuenta de su abuela, de su mamá, de que tampoco quisiera volver a vivir con ellas, de su hermano violento al que dañó la maleta. Se levanta la camiseta “¿cierto que ya se nota? Ya estoy gorda”, ríe mientras intenta hundir el estómago para aplanarlo. Le contesto que no, que parece que más bien comió muchos fríjoles, y reímos juntas. Nos siento a ambas como niñas en esa interacción.

Casi no habla de lo que la espera mañana, no pregunta cómo será. Estamos en febrero 2021, no podré estar dentro de la clínica con ella, aún los protocolos COVID no permiten acompañantes.

Le preparo el sofá cama, nos despedimos, mañana la recogerá temprano una compa para llevarla a la clínica.

Voy a mi cuarto y no puedo evitar pensar quizás el aborto, la decisión de abortar, pagarse una moto y viajar 4 horas hasta Bogotá sin que nadie se entere, quizás es lo primero que hace por sí misma. 17 años y ya habla como una señora ama de casa de 50, pensaba mientras la escuchaba. Todo el tiempo pienso en esa contradicción, en como su contexto le impuso una adultez temprana, pero al mismo tiempo un estado de dependencia tan típico de las infancias.

Y a pesar de esto, Vale cogió una moto y vino a hacerse su aborto en Bogotá: la admiro. Llega el día siguiente, Vale está en la clínica, la compa me va contando qué está pasando. Ya terminó, ya vamos para la casa. Mientras tanto, llega la gata que decidí adoptar.

Son las 4 de la tarde cuando bajo a abrirles el portón, Vale está cansada, pero contenta, se acabó. Nos abrazamos, reímos, subimos y le presento a mi nueva gata. Decidimos comer hamburguesa para celebrar. Su voluntad se tradujo en un hecho concreto, no hay que dejarlo pasar bajo silencio.

En la cena me sigue contando de su relación (me cuesta asumirla como tal), del control, de cómo siente que ya no quiere estar ahí, de cómo decidió abortar y decidió que no tenía que pedir permiso a nadie.

Le ofrezco mi habitación, pero como no quiere aceptar, se la impongo. La gata acaba de llegar y no te va a dejar dormir, toma la habitación y así estamos todas tranquilas. Finalmente cede, duerme 12 horas.

El día siguiente, ya un martes, el trabajo me vuelve a absorber, entro y salgo de casa. A mi regreso, la encuentro con una escoba en la mano.

Qué haces, les digo, deja eso, tú acá eres invitada, no tienes que hacer nada. Quiero agradecerle por ser amable conmigo, contesta. (Nunca me tutea). No tienes que agradecer nada, y te mereces ser tratada con amabilidad. (Siempre la tuteo). Luego me doy cuenta de que lavó la loza, limpió la estufa, y me siento culpable por no haber estado con ella todo el día.

No sé por qué ese detalle de la escoba sigue tan presente, sentir que necesitaba de alguna manera retribuirme de algo me angustió, me hizo pensar en su cotidianidad que apenas conocí a través de sus palabras, en una vida dedicada hasta el momento a servir a otros, a obedecer, a hacer para las demás personas sin que nadie hiciera algo para ella.

Cuando se fue, intenté mantener el contacto durante algunos días, me di cuenta de que ya no quería y la dejé ir. Vale, espero puedas seguir tomando decisiones sabias para ti y que lleguen amigas con quien compartirlas.