Para mí acompañar es una práctica, es ejercer el feminismo de lo cotidiano. Entonces, lo primero que ha cambiado es cómo organizo mis jornadas. No todos los días acompaño, pero sí todos los días hago cosas que tienen que ver con el activismo abortero: organizar talleres, pensarnos en cómo llegar a más personas, resolver cuestiones concretas sobre acompañamiento, abastecimiento, sostener la colectiva y las personas que la conforman.
Como dice otra compañera, las que acompañamos y llevamos años haciéndolo, es porque lo hemos priorizado en nuestra vida, decidimos constantemente dedicarle más tiempo y energía a esto y no a otras prácticas.
Este cambio en particular, siento que ha significado básicamente una salida del individualismo, del pensar solo en resolver mi existencia, y me lleva a que todos los días, las existencias de otras -acompañadas y acompañantes- me atraviesan, me preocupan, me alegran, me motivan. Lo llamaría “la expansión del mundo”.
Hay cambios que quizás no esperaba y no deseaba cuando empecé a acompañar, como por ejemplo asumir ciertos espacios de visibilidad pública, de vocería. Especialmente al principio, me causaba incomodidad, me sentía intimidada y con la constante sensación de “hacer todo mal”, que no tenía nada que decir o aportar en esas discusiones. Sintetizando, síndrome de impostora. Con el pasar del tiempo, y también con el apoyo de otras compas, siento que he logrado apropiarme más de ese ejercicio, he fortalecido mis argumentos y he superado, por lo menos en parte, esa angustia de hablar en público sobre aborto.
Finalmente, aunque suene un poco cursi, acompañar ha cambiado quien soy, es una parte central de mi identidad, quizás la que más me enorgullece y le da sentido a la existencia, a lo cotidiano. Cada vez que las cosas me parecen inútiles, que la vida me parece una serie interminable de tareas sin sentido, una tras otra, pienso “menos mal que acompaño”, y todo se me hace más tolerable y llevadero.